domingo, 10 de marzo de 2013

A la caza de la felicidad



Hace tiempo me preguntaste qué era la felicidad. Incapaz de describirla en una sola palabra, te dije que era más fácil detectarla que definirla. Unos minutos antes paseábamos por un embarcadero. La primera brisa de otoño erizaba la piel de tu cuello, en esa zona delicada donde los últimos mechones de pelo se dejan caer por la nuca. Subiste el cuello de tu chaqueta y nos sentamos en uno de los bancos. Frente a nosotros, el Mediterráneo. Habíamos llegado a Toulon. Sacaste una cámara de fotos. La cámara disparaba una imagen detrás de otra, casi sin tiempo para procesar la anterior, mientras anhelaba capturar aquella instantánea que nos dibujase con la mayor naturalidad. Hasta entonces, te dije, nunca había reparado en el interés por conservar fotografías. De hecho, si en algún momento recopilo mi vida en imágenes estoy seguro de que cerca de diez años quedarán en fundido a negro. Sin embargo, allí estábamos, en el departamento de Var, Francia, en el embarcadero de Toulon, fotografiando cada palmo de nuestro entorno. Tras la pantalla digital de la cámara, un cuadro tembloroso que intentaba ajustar en busca de un plano de tu sonrisa -quizá porque sonrío poco es una de las cosas que más me gusta fotografiar. Me dijiste que te gustaba la fotografía porque te recordaba que en la vida nunca dejamos de buscar. Los recuerdos, tal vez, alumbran nuestra memoria como la llama de una cerilla; se extinguen rápido y nos invitan a renovar el fuego natural que los animó originalmente. Lo importante no es la imagen, sino el gesto, el clic, el enfoque que le ha dado lugar. La fotografía, en fin, siempre nos recordará ese gesto, aquello que quisimos preservar. Me dijiste que en eso consistía la felicidad.

Una tarde de sábado termino de leer el relato que escribe Anne Wiazemsky de su primer año junto a Jean-Luc Godard. Aún no sé por qué, pero siento que Wiazemsky tiene una forma muy musical de escribir. Más que un diario, se trata de una partitura a la caza de instrumentos que la interpreten. En eso se parece a Godard, donde las imágenes -desgajadas de la narración, de la historia que cuentan- parten en busca de sentimientos que las interpreten. A veces, como en Pierrot le fou, nos interpelan, se repiten, no quieren perderse tan de prisa dando paso a la siguiente escena. Algo de esa intermitencia aparece en Un año ajetreado, donde las diferentes velocidades con que Wiazemsky explica aquel 1967 en París retransmiten una alegría que no puede encapsularse de cualquier manera en un diario. No en vano, la novela es puro movimiento, un ir y venir de agitación vital disparada sobre cada página.

Estábamos en Toulon, en la habitación de un hostal. Mirábamos por la ventana y sentíamos la brisa del Mediterráneo. Apoyabas los codos en la repisa de la ventana, las piernas cruzadas en actitud distraída. Te contaba que la última vez que había visto unas contraventanas de madera repintadas de color blanco fue durante mi infancia. Mis padres habían alquilado una casa de pueblo y, día tras día, me enseñaron cómo hacer diferentes tareas del hogar. Una mañana la dedicábamos a limpiar la chimenea del salón, un agujero negro improvisado sobre la pared en el que apenas cabían troncos de leña; en otra ocasión, mi padre me bajaba en brazos al fondo de la piscina, donde las hojas de los árboles y el polvo habían cultivado una segunda piel que cubría el suelo. De noche, mi madre proyectaba cortos animados sobre la pared de mi habitación. Durante un tiempo tuve la necesidad de dibujar con un lápiz las sombras de los dibujos proyectados, mientras giraba continuamente adelante y atrás cada película. Un par de minutos se repetían diabólicamente sobre la pared blanca. Por la mañana, mi madre abría las contraventanas blancas que habían pintado la tarde anterior y el sol penetraba como un cuchillo repartiendo su luz entre el interior de mi habitación. Allí, en el espacio entre tu cuerpo y la ventana del hostal, la luz aplastaba un rayo contra la pared de nuestra habitación. Acercaba mi mano hacia el rayo y notaba el calor del mediodía, quizá también la calidez de ese pasado familiar; quizá otro fundido a negro como aquel que te explicaba a propósito de las fotografías. Quizá.

Paseábamos por los alrededores del puerto de Toulon, entre el minúsculo mercado comercial y el embarcadero. Aquel pueblo no era como los de las películas de Jacques Demy, con su hermosa riqueza cromática que destacaba hasta la última vivienda del barrio. No recuerdo en qué revista leí que Demy ordenaba pintar de varios colores cada edificio que filmaba. Así, un bloque de apartamentos aparecía coloreado por un blanco inmaculado que contrastaba con las marquesinas de color violeta de los comercios adyacentes. Como sus edificios, donde ninguno quedaba sumido en el anonimato, en los números musicales todos los personajes tenían su protagonismo. Toulon, en cambio, era una comunidad más pacífica, silenciosa y secreta, donde la intimidad se mantenía al resguardo de las miradas curiosas. Alquilamos un coche para recorrer toda la zona de Var, a la que pertenecía el pueblo, mientras el viento suave de la mañana dirigía nuestro trayecto. En un plano habíamos marcado los lugares de rodaje de Pierrot le fou, cada una de las localizaciones que apuntó Godard en su película. Seguimos las huellas de cada decorado y constatamos los cambios que habían operado en el tiempo. Tú grababas con la cámara nuestro paseo por aquellas zonas transformadas en un entorno entre industrial y turístico, al abrigo de la montaña y al calor del mediterráneo. Aparcamos el coche justo al final del camino de asfalto, allí donde el camino de la playa interrumpía el trazado de la carretera.

Caminábamos en dirección al mar. Recuerdo tu suéter, cómo solías meter tus dedos en sus agujeros cuando estabas distraída. Nos sentamos en la arena, al principio de la playa, y apoyaste tu cabeza sobre mi pecho. Hablamos de la carta que te escribí durante mi viaje por el Báltico. En aquel momento se cumplían cinco meses de separación y parecía alejarme cada vez más de casa, de cualquier lugar conocido. Acurrucado en mi asiento, te conté que estaba decepcionado tras mi último viaje; que las entrevistas para el documental que estaba preparando sobre escritores escandinavos habían sido un fracaso. Apenas hablábamos en inglés y mis intérpretes no conseguían encajar las peculiaridades de un idioma más allá de expresiones funcionales, aproximadas. En Lituania estuve viviendo cerca de una granja donde cultivaban bayas -uogos, según ellos- de un rojo casi sobrenatural. Allí el viento agitaba la hierba continuamente y recogía el olor de la leche recién ordeñada para repartirlo entre los caminos de piedra que recortaban una población de la siguiente. Una vida que desconocía los aspectos más básicos del orden cosmopolita, la relación vicaria que establecemos con los medios electrónicos. Un espacio sembrado de olores, de texturas insólitas para nuestro tacto acostumbrado. Cada tarde, al poco de concluir mi investigación diaria, escribía una serie de anotaciones en mi libreta. Nunca he sido capaz de explicar algo sin tener en mente a un interlocutor determinado, por lo que escribía pensando en ti, almacenando cada pequeño detalle que me gustaría contarte. El sabor de los uogos, el olor de la trementina que utilizaban en un desinfectante de destilación casera, el extraño graznido de unas aves que nunca supe definir -¿alguna vez hemos visto un pájaro de plumas turquesa?-, el temblor interior que producía la bocina del barco cada vez que arribaba a puerto.

Aquel 2004 fue un año ajetreado para los dos, marcado por una larga ausencia que nunca supimos compensar. Al regresar a casa -por entonces ya estábamos separados- recibí una carta tuya. Nunca te gustó escribir correspondencias largas, por lo que siempre preferiste condensar los pensamientos en un mismo texto. Me explicabas que durante esos cinco meses habías cambiado de trabajo, concluido tu investigación universitaria y viajado varias veces. La felicidad nos había esquivado en innumerables ocasiones, tan convencidos estábamos de que era imposible retenerla durante mucho tiempo. Al final de la carta incluiste un par de versos de W. H. Auden que habías traducido para tu trabajo. Me recordaste la historia que me contabas en una cafetería, sentados al fondo del local, en la última mesa junto a los lavabos. En su vejez, Auden enfermó de una extraña alteración de la piel que surcaba de arrugas todo su cuerpo, como si un escultor hubiese tallado ondas, líneas y pequeñas depresiones en su rostro. A su manera, el poeta reflejaba exteriormente aquella obsesión interior que le llevaba a escribir obstinadamente, como un autista, sobre el amor y su desgraciada condición humana.

Nos volvimos a encontrar un par de años más tarde, en la cola de un cine donde proyectaban Pierrot le fou. Ninguno de los dos la había visto. A la salida, ambos hablamos de ese momento, de entre todos los que formaban la película, que había retenido nuestra atención. Fugados de su existencia rutinaria, Ferdinand y Marianne conducían por una zona arbolada en dirección al mar. Una música, luego sabríamos que era Vivaldi, sonaba una y otra vez durante la escena, prisionera de ese paseo en coche descapotable que nunca acababa, que incluso se permitía romper con la cuarta pared para hacernos cómplices de lo que tramaban. Fue aquella tarde cuando decidimos buscar el lugar donde transcurría esa escena y revivirla nosotros mismos, convencidos de que en eso consistía la felicidad, que Godard había esculpido pacientemente en esos pocos metros de celuloide. Tardamos meses en descubrir Toulon, el departamento de Var y aquel camino hacia el mar cuya fisonomía había alterado la planificación urbanística. Conducíamos por Var mientras grababas con tu cámara cada palmo del lugar, de los árboles, del asfalto que nos mareaba. Detuvimos el coche y bajamos a caminar, te subiste el cuello de la chaqueta y me preguntaste qué era la felicidad.

Una tarde de sábado termino de leer el diario de Anne Wiazemsky, su relato alegre, intenso y breve de aquel 1967 que empezó a compartir con Jean-Luc Godard. Me resulta imposible no pensar en nosotros, en la manera en que los recuerdos se encapsulan a medida que los sustituimos por nuevas experiencias. De aquella expedición por el Báltico resta un manuscrito que aún hoy no he terminado de pulir, embarcado en diferentes proyectos que han dejado en un papel secundario la investigación inicial. Quiero escribir para decirte que nunca he conseguido acabarlo porque, así lo siento, toda esa peripecia me condujo hasta el verdadero significado de la felicidad. A menudo, nos encanta descomponer un hecho determinado y analizar hasta el último aspecto que guarda en su interior, cada detalle y cada mota. Sin embargo, lo más seguro es que nunca encontremos esa esencia que escapa continuamente a su catalogación; esa belleza fugitiva e inestable que se derrama a nuestro alrededor sin que conozcamos el método más eficaz para atraparla. Al terminar la novela de Wiazemsky pensé en nosotros, en la carrera desenfrenada en busca de esa felicidad efímera, como quien coloca una mano sobre una vela para intentar que el viento no la apague. Imaginé tus dedos deslizándose a través del interior del viejo suéter, la nuca desnuda estremeciéndose ante el viento suave de la costa francesa, mis manos magulladas tras la experiencia del frío báltico. Testimonios, todos, de una experiencia acumulada a base de gestos e impresiones, de historias que durante años nos contábamos a la espera de poder protagonizarlas. Nos recordé, una vez más, sentados en ese banco de Toulon mientras intentaba hacerte una fotografía. En aquel momento pensé que la felicidad está en aquello que se ve, se toca, se escucha, se vive de tal manera que nunca conseguimos recordarlo tal y como sucedió; en lo que nos invita a descubrirlo una y otra vez, no importa con qué palabras ni con qué personajes, como un aprendizaje que nunca termina. Como una promesa siempre renovada.






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